jueves, 1 de septiembre de 2016

MI SUMISA ES UNA VAMPIRA (II)

Mi sumisa, es una vampira.

II

Aquella amenaza ya no me la tomé en broma, tampoco lo había hecho con la afirmación de la bella…, vampira, aunque en mi fuero interno ya daba por sentado que el haber tenido la brillante idea de alejarme del mundanal ruido había sido la causa de que una vampira viniera a mi. Se me ocurrió entonces.
-¿Y…, cómo deseas, que te, someta?
>Tengo entendido, que sois…vosotros los que sometéis a los humanos.
Se rieron padre e hija de forma estentórea. Imaginé que a causa no solo de las preguntas, también del tono en que las expresé. ¿Tan estúpido les parecía? Sinceramente, nunca he dominado a una vampira, vamos, que yo sepa, aunque alguna mujer que he conocido…, pero dejémoslo ahí y por tanto, corramos un tupido velo.
-Así pues, ¿qué te parece si me das alguna pista? –me atreví a lanzarles mientras seguían en su particular jolgorio. Temía además que despertaran a Patricia y embebida de su poder dominante decidiera convertirse ella en la Dómina de padre e hija, aunque el señor grisáceo nada había comentado sobre ser dominado, pero ya conocéis a mi Patricia Tregnant, es capaz de apoderarse de la mente y cuerpo de cualquiera que se le acerque aunque esté a un kilómetro de distancia y aquellos dos seres, estaban tan cerca del manuscrito en el que todavía dormitaba y tranquila.
“Joder”, exclamé para mis adentros cuando el supuesto papá vampiro se acercó al documento y comenzó a hojearlo. Lo hizo en un plis plas, leerlo.
-¿Eso escribes, escritor?
-Eso y muchas otras cosas, señor vampiro –le respondí sin lograra ocultar mi preocupación. Tampoco quería pasar por un maleducado, aunque si os soy sincero, temí que mi trato fuera considerado por su hija, la candidata a convertirse en mi sumisa, como fuera de lugar o impropio de un verdadero Amo.
No fue así. En contra de lo esperado, ella se arrastró por el suelo hasta mis pies y de nuevo me los enfrió con su nuevo beso. “Joder con la niña vampira”. Estuve por gritarle que sino los veía cubiertos con calcetines de gruesa lana, que dejara de hacerme carantoñas, que me iba a provocar sabañones y de paso propiciarme una pulmonía para morir allí encerrado antes de que pudiera gozar de mi poder omnímodo. Eso le hubiera dicho en caso de reclamarme un por qué y que pensara lo que le diera la real gana.
De todos modos, os lo confieso, me gustaba como besaba. Se lo reconocí, aunque al mismo tiempo aproveché para deslizar con delicadeza ese otro aspecto, el del frío.
Me sonrió desde su posición y con aquella expresión di por sentado que sí, que era sincera y que por tanto debería atender, como es de rigor hacia una señorita vampira, a aquella damita, propiciándole todo lo que a una sumisa le agrada de su Amo, es decir, que la lleve por esa senda de arrabal en que puede no solo arrastrarse ante él y ante aquellos que él le indique y apetece sino que además obtiene con elegancia y firmeza de su interior sus más oscuras perversiones, para escenificarlas con ella de prima donna y las más atrevidas parafernalias, ya que las liturgias siempre han sido del agrado de los humanos y por tanto también de los vampiros, al fin y al cabo, humanos en su inicio.
En ocasiones llego a pensar que quizá son los Dominantes los dominados, pero dejémoslo de momento, quizá en otro debate…
-Me gusta –oí entonces de boca del padre adoptivo. Fue un comentario tan escueto y en tono tan lacónico que incluso sentí temor de preguntarle a qué se refería. Me lo aclaró mi nueva adepta, aun echada a mis pies.
-Le ha gustado lo que ha leído y eso creo que…
Se detuvo la muchacha chupa sangre y me dejó suspendido en el interrogante. Me estaba carcomiendo y por tanto creí necesario señalárselo, al papá adoptivo.
De nuevo fue la hijita la que contribuyó a seguir manteniéndome inmerso en aquel extraño juego.
-Creo que le caes bien y quizá te proponga…
Fue entonces cuando apareció Patricia, más sensual que nunca, lo hizo acompañada de su guardaespaldas, el amigo y sobre todo esclavo Rufián, el que yo había creado para ella. No se mostraron muy amables, por lo que tuve que interponerme entre las dos parejas no fuera a suceder algo de lo mal llamado inevitable.
-¿Te decides o qué? –me espetó entonces con poca o nula suavidad Patricia.
-La Señora quiere dormir y la están molestando –aclaró su Rufián.
-¿Y ese quién es? –intervino la vampira.
-Disculpen si los hemos despertado. Les ruego que no nos tengan en cuenta el suceso –creyó necesario participar el papá vampiro mostrando que incluso los grandes vampiros poseen modales refinados.
¿Me estaba volviendo loco? ¿Hasta ahí me había llevado mi gran pasión literaria? Dos personajes ficticios discutiendo a altas horas de la madrugada con dos supuestos vampiros. Cierto era que el semblante de padre e hija, bien lo atestiguaba, unos rostros grises y ojos rojizos, como si se estuvieran deleitando ya con la posible sangre que iban a necesitar para seguir existiendo una nueva jornada o muchas más, que no sé del cierto lo que precisan consumir en sangre los vampiros para sostener, su singular metabolismo.
-A ver –me atreví entonces a intervenir, armándome de valor.
-¡¿Qué?! –me respondieron los cuatro como si formaran parte del mismo coro interpretativo.
En contra de lo que hubiera sido normal, no me asusté. Habían fijado su mirada sobre mi y no parecían muy adictos a escuchar mi propuesta, pero auto insuflándome un valor que creo nunca ha sido uno de mis fuertes, detuve aquel remolino de malos augurios.
-Creo que deberíamos, en primer lugar, sentarnos, acomodarnos, relajarnos y luego…
-¿Qué? –volvieron a la carga. Aunque esta vez sin levantar la voz como en la anterior intervención.
-Conversamos, o mejor, ¿qué os parece si lo hacéis vosotros cuatro, con libertad, eso sí, sin reprimiros, aunque con respeto, y yo, voy tomando nota? ¿Os parece que puede ayudar a que nos entendamos? “Sobre todo, yo el primero” me pasó por la mente. Naturalmente, me abstuve de dejarlo ir.
Me pareció entonces y atendiendo a sus asombradas, quizá perplejas miradas, que mi planteamiento los había desorientado, tanto que incluso no sabían cómo responder. Se me ocurrió entonces, vamos, que la cagué. ¿No voy y suelto?
-Y miro lo que hay en la despensa y les ofrezco un piscolabis, para ayudar  a destensio…
Me acababa de dar cuenta de mi metedura de pata y por ello mi cerebro ordenó a mis cuerdas vocales que se detuvieran, aunque eso sí, lentamente.
¿Iba mi sumisa entonces y gracias a mi estúpida proposición a rogarme que ofreciera mi cuello para que succionara un poquitín del rojo líquido y así hacerme aparecer ante su progenitor adoptivo como un amable hospitalario? Y Patricia, ¿qué iba a ordenarme le preparara? Claro que para su esclavo Rufián no iba a ser preciso que me esmerara, pues seguro que me lanzaría, “para el perro, las sobras”.
Rectifiqué de inmediato, lo mejor que supe.
-Me estoy refiriendo no a un refrigerio, sino simplemente a algún tipo de bebida.
“Joder, capullo” volvió a venirme a la mente, “¿y la puta sangre, qué cojones es sino un líquido?”
Otra cagada. Por fortuna mi sumisa, percibió que mi torpeza me estaba jugando una mala pasada por lo que se esmeró en comentar al tiempo que parecía querer perdonármelas, las cagadas.
-Tranquilo Amo. No es su sangre lo que deseó, ni yo ni por supuesto mi padre.
Entonces Patricia, rauda como tiene por costumbre.
-Pues con la nuestra, no cuentes –le lanzó a la vampira.
No entendí a qué sangre se refería, pero vamos, que hizo bien en aclararlo, aunque no hubiera hecho falta. En cambio lo hizo la vampira, mi nueva esclava, término que me vino a la cabeza sin saber muy bien por qué y que de inmediato consideré le agradaría más a la vampira cuando lo utilizara en ella.
-Ni lo sueñes, querida. No estamos tan necesitados. Además, ¿de qué sangre estás hablando?
No me gustó que hubiera sido tan directa, me temí y así sucedió, que Patricia se sintiera ultrajada.
-¿Qué dices, gorda de mierda?
La peor Patricia que yo había concebido unos años antes, apareció. Maleducada, impertinente, rabiosa, agresiva. Pensé que iba a ser ella la que le iba a asestar a mi vampira un buen mordisco en su cuello.
En contra de lo temido, la chiquilla se arrodilló frente a Patricia, con lágrimas en los ojos. Ya no tuve duda, sí, se trataba de una vampira sumisa, pero que muy sumisa, de otro modo no se entendía aquella reacción.
Fue el papá el que antes que Patricia propinara el golpe definitivo, para que su hijita pasara a ser de su pertenencia sin que yo le traspasara el contrato que aun no había firmado la vampira conmigo el que aclaró que: –es bisexual. Y por tanto encontrarse ante una mujer de su determinación y autoridad, la ha subyugado.
Me vino a la cabeza el preguntar, por supuesto, sin ánimo de molestar ni ofender: “y entonces yo, ¿en qué lugar quedo?”, pero me corregí de inmediato, puesto que, ¿qué narices iba a hacer? ¿Preguntar a un personaje de ficción creado por mi mismo si no le importaba que volviera a recuperar la propiedad de la vampira a la que ella había llamado gorda?
Díos mío, ¿estaba soñando o mejor dicho, sufriendo una pesadilla de las de puro órdago?
No podía tratarse de nada más.
Entonces se oyeron, al menos yo los oí, unos golpes en la puerta de la cabaña. Pensé en el hombre lobo, pero…
   
(Continuara…)

Arturo Roca

(31/08/2016)

viernes, 26 de agosto de 2016

MI SUMISA ES UNA VAMPIRA

Mi sumisa, es una vampiro.


Llevó ya varios semanas viviendo en solitario en medio de un bosque inmenso, en lo alto de una cordillera que me tiene apartado del mundanal ruido. Me refugié en ese lugar para aislarme por completo y poder escribir la segunda parte de la novela “La crueldad, puede ser exquisita”, ya que la continuación de la historia de Patricia Tregnant necesitaba tenerme completamente centrado en ella.
En esa cabaña, con todas las comodidades, eso sí, puedo darles vida a las nuevas experiencias de mi personaje, con plena libertad, por tanto nada coartado por horarios, llamadas, noticias o deportes. Me dedico a ella siguiendo mi natural concepción de lo que debe ser un proceso creativo sin limitaciones por lo que muchas noches me dedico a hablar con ella, con Patricia, que viene a asesorarme y a guiarme por ese entramado que creé hace tiempo para ella. Acabamos dándonos la razón el uno al otro de forma casi alternativa por lo que con su ayuda no descartó tener muy pronto concluida la novela, algo que muchas de mis fans, bueno, en realidad fans de Patricia, me están requiriendo desde hace tiempo.
Y fue la tercera noche en que estuvimos enfrascados los dos, hasta que el sol comenzó a despuntar, que apareció la dama. Todavía el astro rey no gobernaba el lugar por lo que...
Estuvo poco rato, de hecho solo me saludó y a continuación me dio un beso. Me parecieron sus labios, helados y a pesar de ofrecerle que se quedara junto al fuego para recuperar su temperatura, me soltó que “puede que otra noche. Hoy solo he querido mostrarme” y desapareció. Abrió una ventana y salió volando. En realidad, levitando. No me dio tiempo a seguirla ya que tan pronto abandonó la cabaña los postigos de madera se cerraron y a pesar de intentarlo con todas mis fuerzas no logré reabrirlos.
Por un momento pensé que había sido el fantasma de mi personaje, Patricia, que quizá había querido darme una de esas sorpresas que los seres más proclives a tener sensaciones, reciben de los espíritus, pero no, lo desestimé de inmediato pues Patricia reapareció entonces por la puerta, como Dios manda y volvió a darme las buenas noches tras preguntarme algo asustada: “¿quién era esa chica morena?”
-¿Tú también la has visto? –fue mi perpleja interrogación.
-Claro.
>No me estarás ninguneando, ¿verdad? –añadió algo molesta.
Madre mía pensé. Una beldad morena que de madrugada aparece y desaparece por la ventana y volando y un personaje ficticio, creado por mi, que me pregunta por esa hermosa mariposa humana, porque lo reconozco, fue la imagen que me vino a la cabeza tras ser cuestionado por Patricia.
La convencí por fin de que no sabía de quién se trataba y con ello logré que se acostara a descansar tras introducirse en las páginas que ya había escrito de la novela y que pensaba repasar al día siguiente. Luego, lo hice yo, junto al fuego que crepitaba ofreciéndome esos sonidos embriagadores que el fuego sabe crear.
Debo admitir que me costó cerrar lo ojos, temeroso que en cuanto lo hiciera, reapareciera la bella voladora y Patricia surgiera furiosa de entre sus páginas y se enzarzaran en una pelea de hembras por el único macho que allí habitaba. Sé a ciencia cierta que Patricia es celosa y que no quiere por nada del mundo que me acerque a otras mujeres en tanto no haya concluido la segunda parte de su historia y además, haya sido editada. Fue la condición que me impuso para permitirme que siguiera relatando su vida para mi beneficio económico. Nunca le he dicho que de momento, no lo ha habido, que más bien han sido pérdidas, pero por otro lado, y ello lo sabe perfectamente, su historia me ha granjeado muchas amistades, algunas formidables, de hecho la mayoría y por tanto que no todo se ha de contabilizar en ingresos crematísticos. En realidad son mucho más gratificantes los otros, los que te permiten ser tenido en cuenta como narrador de historias.
Cuando me desperté, sobre las dos de la tarde, me dediqué a lo que tenía previsto, repasar lo que ya casi tenía terminado. Patricia siguió durmiendo todo el día.
Fue por la noche que me sorprendió su aparición. No, la de Patricia no, sino la de la bella voladora, aunque esta vez llamó a la puerta. Naturalmente abrí sin mirar, puesto que Patricia lo suele hacer, sale de escondidas de la cabaña y luego llama a la puerta, por ello mi sorpresa fue mayúscula al presenciar ante mi a aquella hermosa joven ataviada con un vestido ceñido rojo y sobre sus hombros, una capa oscura, negra en realidad como aquella noche que iniciaba su ciclo acompañada de una luna que era un diminuto gajo de naranja, puesto que el tiempo amenazaba tormenta.
-Buenas noches –me dijo. – ¿Está la pesada esa?
No entendí a quién se refería y como si me hubiera leído la mente, añadió: –si hombre, la Lady esa que te inventaste y que ahora quiere incluso dominarte a ti, que eres su creador.
No esperó a que la invitara, penetró y se aposentó, esta vez cerca del fuego.
-No es que tenga frío, puesto que en realidad y en cierto modo, soy yo la que lo produce, pero ven, acércate, que quiero contarte algo y quizá te hiele la sangre el escucharlo.
Comencé a temerme algo nada deseable, sobre todo si la dormilona Patricia se despertaba y descubría lo que horas antes había definido como ningunearla.
-No temas –dijo entonces la visitante hermosa. –No despertará. Ya me he encargado.
-¿Qué?
Fui como un loco en pos de mi manuscrito aun en fase de borrador y a pesar de que lo tenía guardado en el ordenador, no sé porque extraña causa pensé que lo habría arrojado al fuego o lo habría destruido. Ese hecho me habría complicado enormemente la vida amén de haber acabado con Patricia, que dormía, eso creí, plácidamente entre las hojas ya impresas.
Nada de lo temido había acontecido. Es más, pude observar a Patricia, descansando muy serena en el interior del manuscrito. Me tranquilizó el verla, incluso babeando como una niña pequeña.
-Acércate y no temas –oí entonces a mi espalda.
La obedecí, más por inenarrable curiosidad que por otra cosa, bien y porque se había despojado de la capa y mostraba un cuerpo espléndido que me tentaba solo el verlo.
Ya a su lado.
-Verás Arturo, te sigo desde hace tiempo y ese seguimiento es lo que me ha motivado a conocerte y no solo conocerte, quiero probarte.
Aquel término comenzó a desatar en mí una especie de jugosa liquidez en mi boca, vamos, que me estaba ya relamiendo con el plan de la muchacha.
-¿Te sorprende?
Me tengo por un poco seductor y la forma tan directa de indicarme que quería probarme ayudó a que todavía me sintiera más. Dejé que siguiera regalándome los oídos, alimentando la arrogancia que la mayoría sostenemos no poseer.
-Un poco –respondí para parecer más humilde de lo que realmente soy.
-¿Y no te importa?
Joder chica, ¿por qué habría de importarme? Llevo muchos días en soledad, con la única compañía de una mujer, eso sí espléndida, pero personaje de novela, por tanto, a dos velas y nunca más cierto, de hecho en ocasiones se había ido la corriente eléctrica y había tenido que alumbrarme con…, hasta tres velas.” Todo eso me vino de pronto a la cabeza.
Mi expresión sin embargo, le hizo creer que así era, que no me importaba. Fue entonces cuando lo soltó.
-Es que quiero convertirme en tu sumisa. A todos los efectos, con todas las consecuencias y no sufras, cualquier cosa que se te ocurra hacer conmigo, lo aceptaré de buen grado, para probarte y de paso probarme yo también.
Sinceramente me dije: “tío, no puedes desaprovechar una oportunidad como esta” y al mostrarme feliz por la propuesta me acerqué hasta ella y la besé. De nuevo y a pesar de llevar ya un buen rato junto al fuego, sus labios me parecieron puro hielo.
-Estás helada –se me ocurrió indicarle.
Sonrió y aunque me pareció la risa más seductora que jamás había oído y presenciado, también la encontré gélida.
No tardó entonces en arrodillarse ante mi y besarme los pies.
-¿Es así cómo se hace, Amo?
Con su ósculo, me los había dejado helados y eso que los llevaba calzados, cierto que con unas zapatillas de andar por casa, pero helados.
Fue en ese momento que comencé a sospechar que algo extraño conllevaba la presencia de aquella atractiva y cautivadora mujer joven.
No tardó nada en mencionar, en un tono un poco más bajo del que había empleado hasta entonces: –no me gustaría asustarte.
Yo, embebido de arrogancia, me atreví a responder: –no lo harás, en todo caso podría ser yo el que te asustara con mis prácticas.
-Perfecto –lanzó entonces. –Temía hacerlo cuando usted descubriera qué soy.
-¿Qué eres?
-Sí claro, querido Amo.
-¿Y qué eres? –le largué con una sonrisa de suficiencia recorriendo mi rostro.
-Pues una vampira.
Se me escapó el sonreír hasta que de pronto apareció como por arte de magia un señor muy delgado y con el rostro grisáceo, como si llegara de ultratumba, ataviado con una capa también negra. Había entrado…, joder, ¿por dónde había entrado?
-Espero que hagas feliz a mi hija adoptada, humano. En caso contrario, ya sabes, te espera una fría eternidad.

(Continuara…)

Arturo Roca

(26/08/2016)

lunes, 8 de agosto de 2016

LA LUNA RESENTIDA

UNA LUNA RESENTIDA


Durante toda la tarde retozamos en la cama, susurrándole entre sus suspiros esa bella melodía que deseaba aprendiera, quizá para ordenarle recitármela algún día.
-Sabes esclava, irrumpir, prorrumpir, saciar, sucumbir, herir, morir, vivir, son palabras que identifican tu existencia, esa que me has obsequiado para que con ella construya una felicidad a tu medida y necesidad.
Entonces entonaba con voz mágica.
“Irrumpir para conquistarte, prorrumpir con bellos gemidos, saciar a tu hambrienta alma, sucumbir con mis dulces besos, herir a los que no te aceptan, morir por haber vivido, vivir en ti eternamente”.
Y así durante horas, en las que combiné esas letanías gracias a esas mágicas palabras, con caricias, con succiones, con lametazos, con pellizcos, con suaves mordiscos, con miradas furtivas y exigentes, con sonrisas cálidas y estremecedoras. Fue una intensa inversión de dedicación para obtener, ambos inversores, el máximo rédito en forma de placer extenuante y duradero de orgasmos plenos. Podía habernos visitado la muerte, en acercándose la hora de la cena y ninguno habría objetado su determinación, porque en nuestras mentes alimentábamos ambos la verdadera realidad: habíamos gozado de los mejores momentos de nuestra vida, por tanto, ¿qué más nos quedaba por vivir?
Pero no tuvo a bien tentarnos la parca, sino que el reloj marcó las diez y con ese sonido ancestral, fue emergiendo en mi mente la ocurrencia.
-Vístete con el tul que encontrarás en el fondo de mi maleta.
Me obedeció y de pronto, en medio de la oscuridad de la habitación, se me apareció un ángel en forma femenina.
No me preguntó, simplemente se limitó a exponerse abiertamente para mi, para su Dueño, para su Guía, para su Dios.
Se arrodilló entonces al verme emerger de entre las sábanas, feliz de volver a gozar de mi desnudez y cuando estuve frente a ella, me besó los pies con embeleso.
-Esta noche gozarás de nuevo –salió de mi boca, estúpida respuesta a su ósculo reverencial, pues desde que habíamos llegado no había cejado en mi empeño de que se derramara mi esclava.
Como dos ladrones que no desean ser atrapados, salimos de la posada a hurtadillas, yo con el maletín de las pinturas.
Su expresión al verme cargado no fue otra que la de una mujer entregada a su preciosa suerte, imaginando quizá lo que iba a ser su papel en aquella escena que ya construía mi mente y la suya y a medida que avanzamos por la noche plateada y algo fresca, su cuerpo parecía levitar al andar, como si la alegría de todos los seres del mundo la secundaran.
Marchaba de mi mano, la que mantenía libre y su rostro refulgía con la luna pero sobre todo con ese deseo innato de trasladarme su asentimiento a mis antojos. Cualquier cosa que se me ocurriera la iba a aceptar, la quería experimentar, consciente que su Amo solo quiere para ella, el placer máximo, aquel que ni en sueños hemos sido los humanos, capaces de imaginar.
Llegamos hasta un recodo del pequeño riachuelo que cruza la finca en la que está situada la posada. Allí le indiqué con el gesto, se detuviera. La luna, magnificente, resplandecía en las aguas e iluminaba un amplio trecho de tierra. La coloqué con cuidado sobre el centro de aquel espacio iluminado y le moví los brazos para que los dejara en cruz y las piernas para separárselas, todo ello con ella a espaldas de la luna.
Se oía el ligero rumor de las aguas buscar su salida hacia su fin de trayecto y era una sinfonía que enaltecía todavía más la entrega de mi perra.
El tul flotaba con la brisa nocturna y era su cuerpo un objeto en alegría, al poder mostrarme sus firmezas, sus debilidades, sus formas, sus limitaciones. Nada quería esconder a su Hacedor, a su Dueño, al objeto de su existencia y mis sentidos se congratulaban que así fuera, de modo que no pude ocultar mi turbación. El miembro no parecía querer retenerse. Me acerqué por su espalda, para abrazarla primero, denotarle mi erección por su causa y a continuación abrazarla. Percibí entonces que su piel se erizaba, mitad mi abrazo mitad el viento. Le susurré: –te amo, princesa esclavizada.
Le trasladé con el mensaje, mi turbación y fue entonces cuando casi se desmaya.
A pesar de sus nuevos escalofríos, la desnudé, “para poder observar mejor el lienzo de tu piel”, le señalé. No la vi, pero su expresión de satisfacción al haber acertado, fue plena.
-Seré vuestro cuadro, Señor, el lienzo en el que podáis dejar aun con mayor fuerza cromática, vuestra huella en mi.
-Y serás el instrumento del que obtendré la melodía que volará en esta noche de plata por el bosque, embrujando el mal, alimentando el bien, cosechando amor para que todas las criaturas puedan sorberlo, olerlo, escucharlo, manifestarlo, vivirlo. Eso es lo que harás y sentirá mientras te pinte, esclava mía.
No me demoré, pues no podía seguir manteniendo, si es que alguna vez fue posible hacerlo, la incertidumbre, demasiado me conoce mi adorable perra.
Comencé con ligeros toques a adornar su espalda, guiado solamente por la potente luz de aquella luna plena que vi detenerse en el espacio que ocupábamos mi perra y yo, para seguir de cerca mis caprichos artísticos, aunque lo cierto era que yo daba por hecho que era a ella a la que seguía con atención, para aprehender la forma en que esa extraordinaria mujer se entregaba a su Amo. ¿Necesitaba la luna entender motivos, secundar maneras, para no dejar de ser satélite de nuestra tierra?
No osé preguntarles, ni a la luna ni a mi esclava, a la primera, por el pavor de enojarla y que con el enojo interviniera con más rigor sobre las mareas y a mi perra para que su humilde sumisión no se resintiera al no parecerle mi pregunta de rigor y comenzara a aullar presa del desconcierto o el miedo a dejar de ser para mi, su Amo: útil y apreciable.
Me reprimí con la curiosidad por saber, pero dejé rienda suelta a mi mano y al pincel y con esos delicados movimientos fui capaz de adentrarme entre las hendiduras de sus nalgas, buscando hurgar con suavidad suprema entre los labios ya húmedos de tanta pasión.
Se deslizaron las cerdas del pincel con maestría por la carne, buscando recubrir de sensaciones excitantes e ilimitadas esa vulva que convulsionaba esperando el manjar para el que fue diseñada.
No pude contenerme, acerqué mi miembro y le di alimento al deseo de mi esclava. Me importaba poco destruir lo que ya había dibujado en su espalda y mucho menos me agobiaba el ser yo el que recibiera el afán de mi pintura, ella me lo quitaría más tarde a lametazos. Sabe que es una de sus tareas, mantener felices a mis células epidérmicas con su lengua y saliva.
Se agarró entonces a mis glúteos al percibir que irrumpía en su cenit mi polla. Y ese ardor que manejaba mi pene, logró que despareciera el frío de su cuerpo, esos escalofríos que la brisa había desatado en ella.
Me sentí apresado, incapaz de resistirme a sus manos, que como zarpas pugnaban contra un inexistente deseo de desasirme de su empeño por tenerme intenso en su interior.
Nos derramamos de espaldas a la luna y al caer ambos sobre la hierba ya mojada por las gotas que escapaban del riachuelo, al rodar entre las piedras, presentí que de nuevo la luna que nos iluminaba, nos estaría maldiciendo, inerme ella para sentir algo parecido a lo que había tenido que alumbrar en aquella noche de plenitud.
Me salió del alma una especie de nana tarareada, para que ambas, ella, mi esclava devota y la luna, aquel sin duda resentido satélite, dejaran sus meditaciones y se dejaran arrastrar a esa lasitud en la que cualquier ser sueña, añora, es definitivamente feliz.
No tardaron mucho los elfos del aquel bosque en convertirse en aplicados acompañantes de mi música, de modo que pude tomar el sendero que mi esclava y la luna ya habían aceptado. Me quedé dormido a los pies de aquella sonata que los habitantes invisibles de la naturaleza, compusieron para mi. Craso error, pues al despertarme, quizá dos horas más tarde, mi esclava, que observaba con rostro risueño mi llegar, me señaló también en susurros: –¿ha oído mi Amo la musicalidad de este bosque?
Intuí que era la indicación para amarla de nuevo, ¿la razón? Seguíamos escuchando parecidas melodías, sintiendo iguales sentimientos, gozando complementarios placeres y todo ello, en medio del escenario ideal para ser iluminados por la luna.         
  



Arturo Roca (29.07.2016)   

UNA PASIÓN DESAFORADA

UNA PASIÓN DESAFORADA

A la mañana siguiente, decidí salir al campo y por ello le indiqué se vistiera con los mini-shorts y una camiseta de tirantes, sin sujetador ni bragas. Pero cuando iba a ponérselos le ordené se detuviera.
-Te vestiré yo, mi adorable esclava.
Le coloqué sus brazos a la espalda y le indiqué que bajara la vista al suelo, dirigida a mis pies.
-Ahora, cuando te ponga los pantaloncitos, primero una pierna y luego la otra, puedes apoyarte en mi, perra obediente.
> Pero no muevas las manos ni levantes la vista del suelo.
Comencé con la pierna izquierda y antes de ajustarle los pantalones, decidí juguetear con su coño. Es una tentación demasiado fuerte como evitarla. Ni el más tenaz de los santos sería capaz de vencerla y os lo confieso, aún antes de comenzar aquel ritual, su sexo ya desprendía ese aroma que me envuelve al percibir los efluvios de ese continuo rezumar cuando estoy junto a ella.
Me agrada sentirla tan cercana, tan entregada, tan hembra y ella lo sabe. Sabe que aprecio ese vicio que la reconcome y me obsequia sin censura. Quizá nunca antes de mi ha podido expresarlo del mismo modo, con tanta libertad y seguridad, pues en otros tiempos y entre otras manos quizá haya creído que era algo censurable, repudiable, pero conmigo libera todo ese ardor que algunos han catalogado como pecaminoso, incluso en estos tiempos. Para su fortuna y felicidad conmigo no debe reprimirse nunca, quizá al contrario, ha pensado en ocasiones que no está a la altura de lo que soy capaz de admitir, desear, cosechar. Soy perverso sí, y quiero que ella también lo sea. Soy lascivo sí, y sabe que así la quiero. Soy vicioso, también y ella no desconoce que su vicio me lo hago mío, pues lo alimenta y lo comprende.
Es difícil encontrar armonía en tan subjetivos placeres íntimos y secretos, pero nosotros la construimos a cada paso que damos el uno en pos del otro y eso es algo que nunca nadie nos quitará.
Fue un primer orgasmo de mi perra, que hizo se tambaleara y tomar al pie de la letra mi indicación de recostarse sobre el cuerpo de su Dios y me complació su sudor pegajoso sobre mi pecho, esas gotitas que desparrama cuando el frenesí del llegar a lo más alto la descompone. Pero no me importa nada de ella, es más, me gustan sus alientos, sus suspiros, sus gemidos, sus jadeos, siempre regados por los líquidos que su anatomía desprende para mi, su Dios. Una forma mística a la vez que carnal de decirme un “lo adoro” entusiasmada, plena, enfervorizada.
Luego, tras unos minutos, la ayudé a recomponerse, pero sin permitir que pudiera tocarme más que con su cuerpo, con su lengua, sus labios, su coño y sus piernas.
-Las manos siguen a la espalda, perra.
Y así lo hizo, restregarme toda su epidermis en busca de satisfacer mis más bajas y ocultas perversiones, esas que ella descubre con ahínco, con firmeza, con devoción.
Me ensañé entonces con sus pezones. Un compendio de caricias, lengüetazos y mordiscos para finalizar en unos prolongados pellizcos mientras ella me devoraba con sus labios y su lengua.
Sus besos son canibalescos y me siento carne apetecible y necesaria para subsistir y mejorar cuando los ejecuta con esa maestría de hetaira realmente enamorada de su hombre.
Le coloqué la camiseta desde la espalda, permitiéndole eso sí, que con sus inmovilizadas manos hasta entonces, pudiera jugar con mi sexo, todavía desnudo, pues quise mantenerlo a la vista durante la liturgia anterior, aunque el ángulo de visión que le permití no fuera el más apropiado para gozar de mis firmezas. Son las prerrogativas de ser mía y esclava, tiene que sufrir para alcanzar los manjares que su Dueño le permite succionar solo cuando a él le apetece. Es la mejor fórmula para educar a una perra que lo es y quiere seguir siéndolo, incluso mejorando en su deseado rol.
Acomodada la prenda en su tronco, me dediqué a acariciar desde la tela, sus senos, esta vez con suavidad, con manera de hombre sabio y enamorado, de galán que prende la llama en su dama poco antes de que ésta suplique recibirle. Y lo hizo, suplicar, rogar, admitir con sus tembleques que estaba de nuevo dispuesto su coño, que precisaba de mis manos o mis dedos o mi miembro o de mi lengua.
Fue entonces cuando comencé a susurrarle esas escenas que tanto la animan a derramarse. Lo hizo sin demasiado empeño por mi parte, pues conozco perfectamente los senderos verbales por los que debo llevarla. Y en su imaginación me sigue, aunque esté totalmente en pie en la realidad, a cuatro patas, como la perra obediente que es, derrochando humedad, como si quisiera aplacar el calor del momento, con sus líquidos, los  vaginales y los bucales.
Gritó desaforada esa nueva muestra de su fuerza lujuriosa, esa nueva meta en pos de alcanzar una más alta cima. Y no tuve más remedio que castigarla con azotes en sus nalgas. Craso error el mío, pues aquellas muestras de castigo fueron en cambio para ella, las notas que precisaba para componer una nueva sinfonía de pasión ardorosa, de derrame colosal, de orgasmo entre alaridos.
Entre mis manos se descompone y me agrada que así sea, que no tenga respiro, que no le otorgue descanso, que goce y goce hasta quedar exhausta. Y ese día de nuevo sucedió. Tuve por tanto que acomodarla entre mis brazos y depositarla con cuidado sobre la cama.
Rocé entonces su pantalón en la zona delantera y era agua.
No tuve más remedio que confesarle.
-No creo que estés para salir al campo, esclava.
Ella no pareció dispuesta a negarme el capricho.
-Lo estoy Amo. Aunque tenga que seguirle arrastrándome por entre espinas, pues no quiero decepcionarle, nunca.
Me tentó lo de las espinas. Recorrer algunas de sus zonas más erógenas con ellas, esas espinitas que te señalan el dolor que puede derrotarte me pareció una creativa forma de epílogo.
No quise sin embargo ni contradecirla ni destrozarla con caminatas inútiles. ¿La mejor forma de ayudarla…?
Comencé a acariciarla, a besarla, a relatarle instantes vividos o  imaginados, secuencias fantaseadas o realmente experimentadas y su cuerpo comenzó a reaccionar de nuevo.
No me quedó otra opción que liberarla de la poca ropa con que la había adornada para la excursión, pues su necesidad de mostrarme su entrega era plena.
-Te acabaré venciendo algún día, esclava.
-Ya lo ha hecho Amo. Ya lo hizo desde el primer día, por eso supliqué a los Dioses me aceptara como a su perra esclava. Sabía que era el premio que por fin me asistía aunque quizá no mereciera. Usted es mi mayor fortuna.
No bajamos a comer hasta cerca de las dos, pues entre orgasmos de mi perra y ensoñaciones necesarias para recomponernos, sobre todo yo, tras haber bebido de mi fuente la muy golosa con tanto empeño que a punto estuvo de secarla, el tiempo se nos comió nuestro tiempo.
Y por ello al descender, los rostros, puede que incluso un tanto desencajados, lo hicimos satisfechos de tenernos, de amarnos, de cuidarnos y de darnos.
Carmen, la posadera, lo percibió al instante y por tal razón solo dijo al cruzarnos con ella: –sus pinturas, señor Arturo, ya han llegado.
-Gracias –le respondí.
-Aunque deberán esperar su turno a mañana –concluí, observando de reojo a mi perra, curiosa y quizá temerosa de esa nueva idea mía, que ya suponía, la tendría a ella como fundamental protagonista.


Arturo Roca (15.07.2016)   

viernes, 29 de julio de 2016

MA PETITE CHIENNE - II

CHIENNE DAISY


Nos dirigimos hacia el hotel junto a la estación. Había reservado una habitación en la que llevaría a cabo las primeras acciones sobre el cuerpo y mente de mi esclava. Hasta allí fui yo el que arrastró el roller con su ropa, la que había preparado para el fin de semana, según le había indicado. No es lo habitual ya que una esclava es la que debe arrastrar las maletas y no el Amo, pero la percibía tan frágil que no quise agobiarla más, por lo que hasta el hotel la llevé casi en volandas con mi brazo en su cintura y el izquierdo sujetando su equipaje.
Di por sentado que me lo agradecía a pesar de que no abrió la boca hasta llegar al ascensor. Fue entonces, mientras ascendíamos a la segunda planta que se arrodilló frente a mí para besar mis zapatos. Me hizo sonreír aquel gesto tan atrevido. Lo interpreté como una forma de liberarse de parte de la tensión más que de mostrarme su devoción.
-Levanta esclava –le indiqué antes de que se abriera la puerta y alguna de las empleadas del hotel, -la mayoría de color-, pudieran observar aquel acto de plena sumisión pero que bien podía entenderse como una extravagancia de dos amantes ardorosos.
Penetramos en la habitación y no esperé nada en indicarle que se desnudara.
Lo estaba esperando. Mientras lo hacía y sentado yo frente a ella en la butaca en la que más tarde la sujetaría por los brazos y piernas, observé ese cuerpo precioso que ante mí se estaba ofreciendo. Quise en aquel instante reconocerle su vestimenta.
-La ropa que has elegido para presentarte ante mí, te sienta de maravilla. Sin duda tienes buen gusto, esclava.
Di por sentado que aquellas palabras de halago le otorgaban confianza, por lo que se atrevió, y muy sensualmente en el tono de voz.
-Usted me ayuda en todo Amo, también a saber elegir.
-¿Por eso me has elegido?
-No diga eso Amo, Usted me ha elegido a mi y nunca podré dar suficientes gracias a la providencia por haberlo puesto en mi camino –tras lo que volvió, -esta vez ya sólo con el sujetador, pues había llegado a la cita sin las bragas, tal y como le había dejado claro-, a arrojarse a mis pies, para descalzarme y a continuación besarlos, con fruición, como una perra feliz de haber reencontrado a su Dueño.
-Eres demasiado impulsiva y también atrevida –le señalé, tras lo que retiré los pies de su boca, labios y lengua.
-Sigue desnudándote, que quiero pinzarte los pezones, perra.
Presta se despojó del sujetador para ofrecerme la maravilla de sus senos.
-Posición uno, perra.
Se situó a la perfección en aquella postura que semanas antes le había referido para que ejecutara cuando a mi me apeteciera.
Entonces me levanté y de mi maletín obtuve dos pinzas. Se las mostré. Advertí que su sexo goteaba. Estaba realmente excitada, incitada a derramarse en cuanto la autorizara aunque en aquel instante pensé que quizá no sería capaz de contenerse hasta escuchar mi permiso.
Me acerqué y tomé su rostro por la barbilla. La expresión que compuso era clara, estaba a punto de correrse. Un ligero guiño por mi parte, en forma de una caricia, una sonrisa, una palabra, hubiera sido suficiente para que comenzara a jadear a vibrar a convulsionarse a enloquecer de placer pues tal era el estado de excitación de mi perra. No lo dudé, en cuanto le pinzara esos bellos pezones, se derramaría. No me abstuve y de ese modo orgasmó por primera vez en mi presencia, de forma compulsiva, a pesar de que percibí que le hacían daño las pinzas, pues era la primera vez que alguien estrujaba aquellos endurecidos pezones con unas propias de bdsm.
Tuve de nuevo que acogerla en mis brazos de tanto ardor que despertó en ella aquel inesperado e incontrolado orgasmo. La abracé, y con mi gesto quise ofrecerle mi claro deseo de cariño hacía ella, mi absoluta propiedad. Le estaba obsequiando una ternura que a partir de aquel momento iría acompañada en todo momento del equilibrio adecuado entre placer y dolor, entre caricias y azotes, entre hermosas palabras y vocablos humillantes, puede incluso que soeces.
Temblaba todavía cuando me separé de ella.
-Sígueme, ma chienne daisy.
Me dirigí al baño y tras penetrar ella, a cuatro patas y todavía temblorosa por la intensidad de su corrida, le indiqué el bidet.
Se sentó en él, con las piernas separadas. Tomé sus manos y se las coloqué sobre la cabeza, en su nuca. Su expresión en aquel instante comenzaba a demudar, de placer incontestable iba cambiando a ligeras muestras de dolor, sin duda las pinzas.
-Ahora volverás a correrte, pero no a tu antojo, perra, sino a medida que tu Dueño te lleve al paraíso. ¿Lo has entendido, ma petite chienne?
Fue a expresarse pero le cerré los labios colocándole un dedo sobre ellos. Lo lamió y estuvo a punto de atraparlo entre sus cálidos labios para sin duda expresarme que su boca está hecha para lamer cualquier apéndice de mi cuerpo. La frené con un: –hazlo ladrando, perra.
-Guauu, guauu, guauu –respondió, a lo que tuve que indicarle. –Detente, perra.  
Entonces una sonrisa de agradecimiento y felicidad borró aquella anterior imagen de dolor.
No esperé más, comencé a acariciarla, primero el sexo, completamente depilado, y lo hice con mucha suavidad, y así llegué poco a poco y como si trepara para alcanzar una difícil cima, hasta su endurecido clítoris. Lo sujeté con fuerza y lo pellizqué, lo que hizo que exclamara un leve sonido de gata encelada.
Sonreí su reacción. Por aquel entonces mi polla ya estaba endurecida, presta a inundar cualquiera de sus agujeros y apoderarme de todos sus ardores.
Proseguí el juego en su sexo al tiempo que liberaba su pezón izquierdo de la pinza para poder comenzar a lamerlo, a chupetearlo, a mordisquearlo. No parecía que pudiera soportar tanto placer por lo que tuve que apartarme un instante de tan sabrosa zona de su cuerpo para casi gritarle.
-Todavía no, perra, espera a mi permiso.
-Ayyyy –se le escapó a la muy puta. No me quedó otra opción para intentar paliar aquel ardor que iba a concluir sin duda en otro clamoroso orgasmo, que estrujarle el pezón, con firmeza. Lanzó entonces otro tipo de ay. Uno que se ajustaba más a las exclamaciones dolorosas que a las placenteras. Regresé entonces mi lengua a su pezón. Ya no logró evitarlo. Sentir sobre su dolorido pezón la lengua del que ya daba por hecho, era su Señor, su Dueño, su Propietario, significó que no pudiera controlarse.
-¡Dios mío! ¡Que placer Amo! ¡Que felicidad Dueño! ¡Dios mío! ¡Azóteme por ser tan puta y tan viciosa de Usted Amo!
Pocas veces en mi larga experiencia he tenido entre mis manos a una sumisa tan entregada y sincera como aquella perra que había bautizado daisy. Realmente era capaz mientras alcanzaba la cima de los más bellos orgasmos, de declamar todas aquellas frases en las que intentaba expresar el envolvente sentimiento de pertenencia que la estaba dominando, invadiendo, conquistando. Se sentía sin duda, mía y quería serlo, por mucho tiempo, prolongando ese estado de pertenencia durante horas, días, meses. Era lo que me manifestaba todo su cuerpo, su mirada, -a pesar de que tenía los ojos cerrados en aquel momento-, su sudor, su olor, su morderse el labio para indicar que estaba inmersa en uno de los estadios más poderosos de entrega.
Cuando comencé a lavarle el coño, primero sólo con agua tibia y luego con un jabón líquido especial, casi se desmaya. Tuvo que apoyarse en la pared y cuando iba a intentar sujetarse en el bidet, le indiqué que los brazos debían seguir en la primigenia posición. Obedeció, pero todo su cuerpo, fundamentalmente sus piernas, temblequeaban, presas desde luego del desgaste que aquellos dos orgasmos tan seguidos e intensos le habían producido.
Comenzó entonces una especie de letanía que pensé no sería capaz de detener con nada.
-Amo, Amo, Amo, Amo, Amo…
-Lo sé, esclava, me amas como a tu Amo, como a tu Dios, como al ser que te encumbra a lo más alto. Pero no lo olvides, deberás ganarte el privilegio de que te atienda y te cuide y te proteja y te quiera, cada segundo de tu vida, esclava. ¿Estás dispuesta a hacerlo? ¿Te sientes con fuerza suficiente y sobre todo deseo de luchar contra todo para que jamás te abandone?
-Sí Amo, lo estoy y con su ayuda, nadie podrá apartarme de Usted, ni físicamente ni sobre todo en mi mente y corazón.
Pensé que lo apropiado tras secarle el sexo con dulzura propia de caballero, sería permitirle que se acomodara sobre la cama, para que con el frágil sueño que experimentó lograra en cierta medida recomponerse de tanta intensa entrega. Demasiadas emociones en poco más de una hora y el fin de semana, -tenía yo previsto-, iba a ser largo y prolijo en situaciones nuevas para mi perra y por tanto debía ofrecerle la adecuada dosificación de esfuerzos.
Me lo agradeció con su expresión mientras dormitaba y soñaba, probablemente rememorando lo vivido hasta entonces. Su rostro era la perfecta imagen de la más pura felicidad. Me gustó que se sintiera de aquel modo tan placentero en el que el bienestar era lo que resaltaba en ella. Estaba aferrada a mi cuerpo, sujetándolo con firmeza a pesar de dormitar, como si quisiera darme a entender que sin él, ya no se sentía capaz de seguir viviendo.

Arturo Roca ® 

MA PETITE CHIENNE

CHIENNE DAISY

Hacia varias semanas que la estaba educando a través del correo electrónico y sinceramente, tenía deseos de que nos conociéramos en persona y comprobar si todo lo que me manifestaba era cierto. Si ese afán por ser mi perra esclava no era una fantasía de esas que mientras no te afectan en lo real logran que goces momentos inenarrables de perversión y morbosidad que te ayudan a disfrutar de orgasmos especiales, a veces incluso únicos. Por tanto la cité en la cafetería de la estación del Sur, aquel viernes al atardecer en que había arribado a Valencia horas antes, el tiempo suficiente para dirigirme a “Nous sommes femmes” y comprobar que realmente trabaja en esa tienda. La observé durante pocos minutos, los necesarios para asumir que se trata de un ejemplar de hembra al que podía sacarle un enorme jugo como esclava, pues posee todos los atributos para convertirla en una perra apreciable y sin duda útil, a mi y sobre todo a sus afanes, -si eran sinceros-, de vivir como esclava sometida a los caprichos de un Amo que supiera sacar de ella lo más profundo y verdadero de su alma sumisa.

La percibí, los pocos minutos que la estuve observando, nerviosa, prueba irrefutable que temía lo que se encontraría horas más tarde, cuando cumpliera con mi mandato, esperarme en una mesa de la terraza de aquella cafetería de la estación, a las nueve en punto. Yo, expresamente, me retrasaría, para alterar todavía más su ansiedad.
Por fin me acerqué a las nueve y quince minutos. No quise demorarme más, hubiera podido causarle un nivel de nerviosismo que más tarde la habría afectado de forma inadecuada en el resto de pruebas a que iba a someterla.
Me senté en la mesa y mi presentación fue la idónea.
-Buenas noches, ma chienne daisy.
Se alteró al instante. Creo que por haber oído de mi profunda voz aquel nombre con el que la había bautizado días antes y por conocer por fin al que según confesaba por la red, era su Dueño, el Amo al que estaba dispuesta a entregarse y servir.
-Tranquila, ma petite chienne.
Opté en esta segunda frase, por no utilizar el término perra. Preferí hacerlo en francés, mi lengua fetiche. La primera vez ya la había oído una pareja de mujeres de más de cuarenta que a partir de aquel instante no dejarían de curiosear en dirección a mi perra.
Ella, alterada, -lo tuve claro-, casi a punto de estallar. Creí necesario entonces, tranquilizarla, totalmente. El mejor modo, ofreciéndole mi mano. Se agarró a ella como si estuviera a punto de caer por un precipicio y esa fornida mano fuera el único sostén que podía impedir desapareciera en el fondo del agujero negro y oscuro que debía suponer para ella el estar ante su Dueño en presencia de seres anónimos pero que fijaban su atención en ambos, aunque con más detalle en ella.
Cuando interpreté que comenzaba a sentirse más segura, hice un gesto a la camarera. Se acercó rauda, como si estuviera esperando mi llamada.
-¿Sí?
-Trae un cortado y ¿para ti?
No sabía qué pedir. Como si la voz le hubiera desaparecido de pronto, se mantuvo en silencio.
-Para ella, un coñac.
Era una petición inusual y la expresión de la camarera me lo dio a entender, pero no rectifiqué, mi perra iba a necesitarlo en cuanto la llevara al punto de estupefacción al que tenía pensado acompañarla.
-Esta tarde te he estado observando –le indiqué.
De nuevo pareció alterarse.
-Pero serénate. Me has parecido la vendedora eficiente que te he ordenado quiero que seas. Muy bien con la señora del vestido azul. ¿Cuánto ha comprado? En euros.
-Casi trescientos…señor.
Le había costado decirlo, prueba inequívoca que se sentía intimidada a la vez que inclinada a desde un primer instante, mostrarme su entrega. De todos modos ese último vocablo lo dijo casi de forma imperceptible. Interpreté que las curiosas de nuestro lado, no lo habían captado.
-Eres eficiente, y todavía lo vas a ser más. Mi batuta te llevará a altas cotas de eficacia, esclava.
Éste sí que pudieron oírlo perfectamente. Daisy se sonrojó y bajó su mirada al tiempo que aparecía la camarera con mi pedido, el coñac para ella y el cortado para mí.
-Bebe –le ordené.
Y cuando iba a hacerlo se me ocurrió tensar todavía más la vivencia.
-Pero antes, ¿qué debe hacer una esclava?
Captó mi mensaje encriptado y por tanto dejó la copa sobre la mesa y tomando el sobre del azúcar, lo abrió y depositó en la taza. Comenzó a mover la cucharilla, nerviosa desde luego. Yo la observaba y ella se sentía desnuda, estoy seguro, imperfecta, acosada por aquella presionante tensión, el cumplir con su obligación de servidora fiel a la vez que estaba siendo escrutada por su Dueño y unos anónimos testigos de su imperfecta todavía, sumisión.
-Ahora ya puedes beber, esclava.
De nuevo aquel término inundó la cabeza de mi perra y como no de las dos curiosas que supuse que en aquel instante ya debían tener sus sexos tan empapados como mi perra.
Daisy obedeció y el ardor de aquel brandy propició que carraspeara.
Antes que concluyera su alteración, le indiqué que me entregara el bolso.
Con dificultad por la tos, me lo ofreció. Lo abrí y pude comprobar que había obedecido mis indicaciones. El collar y un tanga, negro. Quise forzarla a sentirse todavía más perra. Saqué ambos elementos del interior del bolso. Se los mostré. No pudo evitar tener que beber de nuevo, pero esta vez, antes incluso de que el líquido inundara su garganta, comenzó a toser, casi compulsivamente.
No le permití que con aquella limitación retardara lo que tenía in mente, por lo que me acerqué a su cuello y le coloqué el collar que un segundo antes había abierto. Se lo ajusté sin atender que su nerviosismo y alteración eran evidentes. Y aún fui más lejos.
-Las piernas.
Entendió perfectamente, por lo que las separó de inmediato. Seguía con la mirada al suelo, avergonzada sin duda de todo lo que estaba viviendo, pero lo que no podía evitar era que yo percibiera el aroma de sus jugos, esos líquidos que ya inundaban su vagina, todo su sexo, prueba irrefutable de que estaba gozando como lo que ha reconocido quiere ser para mi, una dócil y obediente perra, una esclava aplicada, una puta viciosa amante de los más creativos y originales castigos y experiencias sexuales. Yo se los daré, de hecho me ha confirmado de muchas formas que ya, antes de conocerme en persona, los está sintiendo.
Fue entonces cuando me giré a las dos mujeres.
-Sí, es mi esclava, ¿algún inconveniente?
No les di tiempo a responderme ni a liberarse de aquella perplejidad que lo presenciado les había propiciado.
Me levanté y mi perra me siguió. Fue entonces que le pasé mi brazo por su cintura, para que en ningún instante se sintiera desvalida, para que no temiera caer al suelo, para que se supiera protegida por su Señor. Se apoyó en mí para caminar sin trastabillarse o tropezar.
-Ahora vamos a mi habitación. Esta noche comenzará tu domesticación. Haré de ti un animal sumiso, único, excepcional. Pero no lo dudes, si quieres abandonar en este instante tu aprendizaje, dímelo, o mejor, ve en dirección contraria a la mía. Jamás te lo reprocharé.
Como respuesta obtuve su aferramiento. Se abrazó a mí y apoyó su cabeza sobre mi hombro.
Sobreentendí que su deseo era seguir adelante. No podía por tanto defraudarla, en aquel mismo instante supe que mi misión en la vida era hacer de ella lo que había soñado tantas noches de soledad en su cama, lo que en su interior de sumisa deseaba fervientemente y que por fin podía llevarlo a cabo de la mano del hombre que por extraña casualidad  se había cruzado en su twitter un ya lejano día de hacía varios meses.


Arturo Roca ®

viernes, 15 de enero de 2016

AMORES DES-ENCADENADOS

AMORES DES-ENCADENADOS

I

Yo la introduje en el jazz. Le contagié ese bichito que tan pronto penetra en el cuerpo, busca anidar entre las neuronas y que cuando encuentra el lugar idóneo entre ellas, ya jamás podrás eliminar. Morirá contigo. Y mientras vivas, él será quien las despertará, para que atentas capten cualquier nota que para los que no tienen la fortuna de albergarlo, parece un decibelio descarriado. Solamente los infectados sabemos interpretar esos sonidos dispares, alternativos, únicos, envolventes y magníficos, que los jazzmen construyen con sus interpretaciones, quizá con el único objetivo de alimentar debidamente a esos peculiares huéspedes de nuestra mente.
Pues eso hice con ella, eso y muchas otras cosas que con el tiempo me fue agradeciendo con mil dispares matices. La amo cuando agradece, pues se convierte en el ser más angelical, pero desde luego también sexy, de la creación. Y no me tengáis por exagerado. Ya os lo iré relatando para que acabéis por darme la razón.

Fernando conoció a Adaia un día gris de inicios de la primavera. Hacía frío y cuando observó en qué mal modo era expulsada de aquella especie de taberna del barrio antiguo de la ciudad, por el que cumplía las órdenes del dueño, se compadeció de ella. No pudo remediarlo, salió a la calle y se dirigió a ella, sin reprimirse ni esperar su violenta reacción.
-¡¿Qué cojones quieres?! ¿Follarme? –gritó la chica.
Estuvo a punto de girarse y dejarla por loca, pero aquel abrupto modo de atender su inicial “disculpa”, le confirmó que estaba ante un caso desgraciado que solamente con empeño podía vencerse. Aunque lo cierto era que su pelo rojo, mal leonado, quizá por peinarse de forma deficiente, lo había atraído, luego, lo cautivó aquella mirada, que calificó de necesitada, huérfana, incluso infantil, a pesar de anidar en un cuerpo casi exuberante en sus formas, medio ocultas por aquella sencilla vestimenta.
-¿Necesitas comer?
-Sí capullo, pero no tu polla.
Un nuevo improperio que aún le tentó más a hacérsela suya. Sonrió y a ella le pareció que aquel gesto no era el propio de un aprovechado ni tampoco de un futuro enemigo.
-Me llamo Fernando –y le alargó la mano. – ¿Y tú?
-¿De verdad no entiendes que no quiero mamársela a nadie?
-Me parece lo justo.
-¿Eres estúpido o simplemente te mofas?
-Espero que ninguna de las dos opciones –y antes que ella pudiera contraatacar: –no me ha gustado como te han despachado.
-¿Y socorres a todos los que echan de los sitios?
Fernando volvió a sonreír del modo que parecía otorgarle claras opciones de que ella lo atendiera. De nuevo acertó, ella no echó a correr, en cambio lo atendió.
-Sólo a los que de verdad lo necesitan.
Se había equivocado, si algo tiene o cree tener en valor y cantidad Adaia, es el orgullo estúpido de los perdedores.
-Yo no necesito nada, ni de ti ni de nadie.
Pero Fernando sabe reaccionar con fluidez y sobre todo rapidez.
-Estoy de acuerdo contigo, pero me estaba refiriendo a mí.
La desconcertó y eso a ella le agradó. Precisó por tanto saber a qué se refería aquel tipo que desde el inicio le había parecido atractivo, por tanto susceptible de que acabara chupándosela, incluso sin que él hiciera demasiado esfuerzo por lograrlo, por tanto…


(15/01/2016)


ARTURO ROCA ©